“Humilla oh Chile! tu soberbia gloria
Ante la sombra del audaz marino,
Mil veces superior a tu victoria,
Mas grande que la muerte y el destino”.
(Fragmento del poema “A
Grau” por Fernando Velarde).
Es a todas luces, Miguel Grau Seminario el héroe máximo de la
Armada peruana y de la historia general del Perú. Hijo de la dama piurana Luisa
Seminario del Castillo y del teniente coronel colombiano Juan Manuel Grau
Berrio, quien llegó al Perú con las tropas del general venezolano Antonio José
de la Santísima Trinidad Simón Bolívar Palacios. Nació nuestro héroe el 27 de
julio de 1834 en la afable ciudad de Piura, en una casona de la calle
Mercaderes (hoy Tacna 662), donde compartiría toda su infancia y gran parte de
su niñez con sus hermanos Enrique Federico, María Dolores Ruperta y Ana
Joaquina Gerónima del Rosario. Su adolescencia y su mocedad discurrió entre su
ciudad natal y sobre todo la mar, aquella mar que tiempo después recogería en
su vientre a su hijo predilecto.
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| El 26 de octubre de 1946, durante el gobierno de Bustamante y Rivero, Miguel Grau fue ascendido postumamente al grado de Almirante. |
A los 9 años inicia su vida de marino como grumete en el
buque mercante granadino “Tescua”, al mando del capitán Manuel Herrera, el cual
naufragó en la isla colombiana de Gorgona. Recuperado del incidente Grau viajó
por algo más de 10 años por diferentes partes del mundo (Macao, Hong Kong, las
islas Marquesas y Sandwich, Shangai, Singapur, Londres, Burdeos, Baltimore,
Boston, New York y Río de Janeiro) en barcos también diferentes. El 14 de marzo
de 1854 como guardiamarina, inicia su carrera en la Armada Nacional
desempeñando diversos cargos hasta ocupar el comando del “Huáscar” en febrero
de 1867, durante el gobierno del presidente transitorio Pedro Diez Canseco. Al
iniciarse la guerra contra Chile en 1879, tenía Miguel Grau el grado de Capitán
de Navío Efectivo, encargándole el presidente Mariano Ignacio Prado la conducción
de “la Escuadra Peruana”, pues según el historiador Fernando Romero ”Se le sabía resuelto, de un valor ciego,
profundamente conocedor de los buques, puertos y marinos, enemigos y propios. Era un hecho indiscutible que, además tenía
habilidad, era enérgico y nunca perdía la calma”. Acostumbrado al comando
del Huáscar, del cual sólo se desligó para cumplir sus labores parlamentarias
como diputado civilista por Paita entre 1876 y 1878, se negó a asumir la conducción de la
Independencia que tecnológica y materialmente era la mejor embarcación que tenía
el Perú, pues parafraseando bien podría decirse que “el Huáscar” era Miguel
Grau envuelto en una coraza de hierro.
El 12 de abril de 1867 había contraído nupcias con la dama
limeña Dolores Cabero Núñez de 23 años de edad, con la que tuvo 10 hijos (Enrique,
Miguel Gregorio, Juan Manuel Pedro Blas Oscar, Ricardo Florencio, María Luisa, Carlos
Pedro, Rafael Leopoldo, las mellizas Victoria y Elena, y Miguel). La familia
Grau Cabero vivió en la calle Lescano 172,
cuyo inmueble restaurado se conoce hoy en día como la casa de Grau.
Ya en Iquique (21 de mayo de 1879), en el memorable combate
donde perdería la vida el capitán de fragata chileno Arturo Prat Chacón, mostró
Grau su admirable destreza pero sobre todo su gran sentido humanitario al
arriar los botes del Huáscar para salvar a los náufragos de la corbeta chilena.
En sus correrías (mayo-octubre), Miguel Grau apresó transportes, destruyó
elementos de movilidad, capturó presas, rompió el cable de Antofagasta,
atemorizó al enemigo pero, nunca bombardeó poblaciones civiles. El historiador
chileno Manuel Bulnes decía que Grau sirvió al Perú, con valor, con destreza y
con humanidad, imprimiendo a sus acciones una nota caballeresca. Los
corresponsales de los grandes diarios neoyorquinos, ingleses y bonaerenses,
propagaron sus hazañas y divulgaron su figura noble y viril. Grau conoció
pasajeramente los halagos de la popularidad. Fue ídolo multitudinario en el
Perú y en Bolivia y una figura de leyenda en el mundo entero, pero, se sabía
humano, mortal, común, alcanzando a decir alguna vez: ”Si todos los héroes son
como yo, declaro entonces que no existen héroes en el mundo”.
En Angamos el 8 de octubre de 1879, con el grado de
Contralmirante, no hizo mas que cumplir con lo que él había profetizado”…si el
Huáscar no regresa triunfante al Callao tampoco yo regresaré”. Se sabe que en
dicho combate, al cual los mapochos nombran como “Mejillones”, una granada
lanzada desde el blindado chileno Cochrane cayó en la torre de mando donde se
encontraba Grau con su oficial de ordenes Diego Ferré, volando su cuerpo en
pedazos. Romero dice que los dientes de Grau quedaron incrustados en la cubierta.
Tras una hora treinta y cinco minutos de
combate, muertos y heridos ya todos los oficiales y bajo el comando del
teniente primero Pedro Garezón, los chilenos abordaron el monitor. Al ingresar
al camarote de Grau, vieron colgada la imagen de Santa Rosa de Lima a la que
Grau solía rezar, estaba cubierta de sangre, podía verse en ella cinco
perforaciones de bala.
¿Pero, qué sucedió con los restos del contralmirante Grau?
Como vimos anteriormente el último comandante que tuvo el
Huáscar en el combate de Angamos fue el teniente primero Pedro Garezón. En un
memorándum escrito por él, el 4 de setiembre de 1890, dice: ”Después de abordado el “Huáscar” por
embarcaciones al mando de tenientes del Cochrane y del Blanco Encalada, yo me
negué a ser conducido prisionero con los únicos tres oficiales de Guerra de la
dotación que quedaron conmigo en combate: Tenientes segundos SS. Canseco y
Santillana y alférez Herrera. La razón fue por no haber encontrado hasta esos
momentos (11 h. 50 m. a.m.) los restos del Contralmirante Grau, y haber sido yo
el último en quien había recaído el mando del buque”. Al permitirle el teniente
chileno Simpson, que era el jefe de los que abordaron el “Huáscar” de que podía
continuar a bordo buscando el cuerpo de Grau, Garezón permaneció en el entrada
la tarde, hasta que encontró el cuerpo intacto del teniente primero Diego Ferré
y finalmente rebuscando entre los escombros encontró los restos del
Contralmirante Grau. “Confundido con las astillas de madera y pedazos de
fierro, que ahí existían, al lado de estribor y como a la altura de un metro,
un trozo de pierna blanca y velluda, solo desde la mitad de la pantorrilla al
pie, el que estaba calzado con botín de cuero;(…)por la situación de ellos
conocí que era la pierna derecha; esto fue todo lo que encontré de 4 a 5 de la
tarde”.(teniente primero Pedro Garezón).La pierna derecha de Grau fue envuelta
en un pabellón de bote y colocada por los chilenos dentro de un aparato con
alcohol a bordo del “Blanco Encalada” y finalmente puesta en una cajita que
llevaba como distintivo una cruz de madera con letras negras. Pedro Garezón
sostiene que él tenía la plena seguridad que esos restos eran del
Contralmirante Grau, por que él había
servido cinco años con Grau y lo conocía bastante y porque en la torre del
comandante no estaban mas personas que él y su ayudante Diego Ferré y dado que
el cuerpo de Ferré se encontró íntegro, lo que él encontró tenía que ser los
restos del Contralmirante Grau.
La pierna derecha de Grau y una parte de su cráneo (mandíbula)
hallada por los chilenos fueron enterrados inicialmente en Antofagasta, siendo
trasladados posteriormente al mausoleo de la familia Viel en Santiago de Chile,
por haberlo pedido así el Contralmirante chileno Oscar Viel y Toro, compadre y concuñado
de Grau, mediante una solicitud a su gobierno. Posteriormente otro compadre, el
ministro peruano Carlos Elías gestionó en Chile el traslado de los restos en
una “urna” al Perú, hecho acontecido el 15 de julio de 1890 durante el gobierno
de Andrés A. Cáceres, los que serían enterrados inicialmente en el mausoleo del
Mariscal Ramón Castilla en el cementerio Presbítero Maestro, permaneciendo en
el hasta el 8 de setiembre 1908 en que habiéndose construido “la Cripta de los
Héroes”, fueron trasladados allí en solemne ceremonia. El 21 de marzo de 1958,
el presidente Manuel Prado Ugarteche, acompañado de su gabinete ministerial y
altas personalidades, entre las que se hallaban María Luisa Grau, hija del
héroe, y el sobreviviente de Angamos el alférez de fragata Manuel Elías
Bonnemaison, recibió del gobierno chileno las reliquias de Grau, “un trozo de
tibia”, un escapulario y un detente, una cinta de seda, un juego de charreteras
de su uniforme de marino y un libro en inglés titulado ”North Atlantic”,
testimonio de su afán por el perfeccionamiento náutico. Esta tibia de nuestro
héroe descansa hoy en la “Escuela Naval
del Callao”, mientras sus otros restos al que historiamos anteriormente yacen
en “la Cripta de los Héroes” en el cementerio Presbítero Maestro.
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| Restos del Contralmirante Miguel Grau Seminario al llegar a la ciudad de Lima en 1890. |
Dedicado a mi amigo Christian A. Muñoz Cabrera